La Odisea (2026)

El gigante que se durmió.

Compuesto en la antigua Grecia e atribuido a Homero, el poema épico de La Odisea es uno de los pilares fundamentales de la narrativa universal, donde más que un simple relato, es la epopeya trágica del retorno, los diez años de travesía en los que Odiseo debe navegar un cosmos repleto de dioses caprichosos, monstruos primordiales y la constante tentación del olvido para recuperar su hogar en Ítaca.

Entonces, el director, Christopher Nolan cineasta obsesionado con la escala monumental, la arquitectura del tiempo y el peso tangible de la materia, parecía el candidato idóneo para revitalizar el mito clásico. Sin embargo, el director de Oppenheimer e Interstellar aplica su conocida frialdad analítica a un relato que exigía solemnidad lírica y misterio, convirtiendo el viaje metafísico del héroe en un ejercicio técnico desprovisto de resonancia espiritual.

 

La Vulgarización del Guion: La Subestimación del Espectador y la Métrica Perdida

Uno de los mayores desaciertos de la película reside en la escritura de su guion y la desafortunada elección de su registro lingüístico. En un intento deliberado por hacer la historia “accesible” o “cercana” al público masivo contemporáneo, Nolan recurre a un lenguaje común, coloquial y peligrosamente llano, despojando a los diálogos de toda la gravedad arcaica, elegancia poética y peso rítmico que definen al texto homérico.

Esta decisión delata una condescendencia preocupante hacia la audiencia, la falsa premisa de que el espectador moderno es incapaz de conectar con una obra mitológica a menos que sus héroes y divinidades se expresen como figuras del siglo XXI. Para constatar la magnitud de este error, basta hacer la comparativa con dos pilares del cine épico e histórico, tales como La Pasión de Cristo (Mel Gibson), donde la elección radical de rodar en arameo, latín y hebreo antiguo no alejó al espectador; por el contrario, infundió a la imagen un aura de veracidad, misterio y respeto sagrado que elevó la tragedia a una experiencia visceral y trascendente, incluso en El Señor de los Anillos (Peter Jackson), el guion respetó la métrica épica, la cadencia lírica y la elevación poética del lenguaje de Tolkien, demostrando que una audiencia global abraza con entusiasmo la solemnidad formal cuando esta se entrega con convicción artística, por lo que al abaratar la palabra en La Odisea, traiciona la esencia misma del mito y subestima de forma flagrante la inteligencia de su audiencia.

La Fotografía: El Falso Espejismo del Celuloide

La cinematografía busca incansablemente el peso de la antigüedad a través de la luz natural y el grano denso del celuloide de 70mm. Sin embargo, la propuesta cromática y lumínica carece por completo de la mitología lírica que la narración exige. La iluminación se percibe extremadamente plana, atada a una paleta desaturada, grisácea y fría que confunde la solemnidad con la monotonía estética.

En lugar de construir una atmósfera de leyenda donde los dioses, las bestias y los marinos colisionan en un claroscuro visceral, la cámara retrata la Grecia clásica con un escepticismo casi quirúrgico. La composición de cuadro favorece la simetría matemática y la claridad técnica por encima del dramatismo expresivo. Es una fotografía impecable en su exposición química, pero desprovista de alma, textura y misterio.

La Pobreza de la Puesta en Escena y el Disfraz del “Realismo”

El gran problema conceptual de la película reside en su dirección de espacio y movimiento de actores (mise-en-scène). Nolan rechaza el decorado estilizado, la escenografía teatral o la construcción fantástica en favor de locaciones naturales despojadas de escala dramática. Las islas del Egeo se sienten más como un escenario de documental geográfico que como el terreno sinuoso y hostil donde Odiseo desafía a la providencia.

El afán obsesivo de Nolan por filmar todo mediante “efectos prácticos” estrangula la dimensión poética de la leyenda épica. Al privar a la travesía de una propuesta plástica libre y expresionista, el director intenta ocultar la evidente falta de invención escénica detrás del pragmatismo de la cámara en mano y la tangibilidad del atrezzo físico.

La disposición de los cuerpos en el encuadre es rígida. Las secuencias marítimas no transmiten la furia homérica, sino la monotonía de una navegación turística bien registrada. El realismo aquí funciona como un escudo protector ante la incapacidad de generar verdadera tensión narrativa mediante el ritmo y la composición de los elementos en escena, se apela a la veracidad del entorno para impresionar al espectador.

El Formato IMAX: Un Gigante Inútil

Promocionado como la experiencia cinematográfica definitiva e imprescindible para contemplar el mito, el formato IMAX de 70mm se convierte en un estorbo conceptual en esta obra. La escala masiva del lienzo no está al servicio de la narrativa; por el contrario, expone de forma implacable la vacuidad del diseño de producción y la falta de textura escénica.

Ver planos cerrados de rostros inexpresivos en pantallas de cinco pisos de altura no añade dramatismo ni profundidad psicológica, únicamente maximiza el vacío. El marco panorámico gigante devora la intimidad de los diálogos y convierte los parajes rocosos en fondos repetitivos. El formato IMAX exige una composición épica donde cada ángulo contenga tensión y dinamismo; aquí, gran parte del enorme encuadre queda ocupada por espacios muertos de cielo gris o agua inerte que nada aportan al relato.

La lección de Lawrence de Arabia:

Para comprender el fracaso formal de Nolan basta observar el trabajo del maestro David Lean en Lawrence de Arabia (1962). Lean no necesitó de pantallas gigantes de formato IMAX ni de artificios tecnológicos inflados para construir la epopeya épica definitiva de un hombre común atrapado dentro de un mundo colosal y desconocido. Utilizando el encuadre Super Panavision 70 tradicional, la paciencia en la composición y una sensibilidad desbordante para integrar la figura humana dentro de la inmensidad del desierto, Lean logró que el espacio hablara, que el sol quemara y que el aislamiento del héroe fuera una experiencia trágica e inmersiva. Nolan, en cambio, confunde la tecnología de exhibición con el genio de la puesta en escena, acumula pulgadas de pantalla, pero es incapaz de capturar la majestuosidad de la soledad humana que Lean dominó hace más de medio siglo.

El Abismo Actoral: La Gran Disonancia del Elenco

La brecha más evidente y dolorosa de la cinta surge en el apartado interpretativo, la película sufre una ruptura tonal insalvable entre un elenco de reparto veterano que entiende la gravedad trágica del texto y dos figuras centrales que naufragan de forma estruendosa, Zendaya y Elliot Page.
La solvencia del resto del reparto, quienes otorgan a sus personajes un aura de épica y sufrimiento genuino, termina exponiendo de forma cruel las severas limitaciones de Zendaya y Elliot Page. Es precisamente por el impecable nivel de los secundarios que las falencias de ambos resultan tan marketeadas y chocantes, mientras los actores de reparto habitan la tragedia con el cuerpo, la voz y la mirada, Zendaya y Page entregan interpretaciones grises, tibias y apáticas, más propias de un drama adolescente urbano contemporáneo que de una tragedia clásica homérica.

Finalmente, La Odisea de Christopher Nolan es un triunfo de la tecnología de exhibición por sobre la sustancia artística, una obra ahogada en la vulgarización de su guion, su fetiche del “realismo práctico” y la escala monumental del IMAX, que termina naufragando en lo más elemental del arte cinematográfico, la invención de la puesta en escena y la convicción emocional de sus intérpretes.

Pero esta es otra historia……

Alejandro Diaz Retamal
Director - guionista