Hawks (1988)

Recordando lo que es la sed de vivir.

La cartelera contemporánea suele despachar el dolor con una eficacia quirúrgica y estéril, pero hubo un tiempo en que las salas de cine olían a humanidad, a desesperación terrenal y sobre todo, a una hermosa y dolorosa torpeza vital.

En 1988, mientras la industria cinematográfica global abrazaba sin reservas el plástico brillante y predecible de los blockbusters inflados de esteroides y efectos especiales de usar y tirar, se estrenó en silencio Hawks, un objeto cinematográfico no identificado dirigido con pulso firme por Robert Ellis Miller (Sweet November 1968), que merecía infinitamente mejor suerte en la memoria colectiva y en las crónicas de la crítica.

Esta es la profunda y conmovedora historia de dos hombres completamente rotos y acorralados por un diagnóstico terminal e inapelable, quienes deciden de un momento a otro cambiar los pasillos blancos y fríos del hospital, así como la resignación obligatoria que la medicina impone, por un último viaje sin redención posible hacia los canales y las luces de Ámsterdam. No estamos ante una road movie luminosa de autoayuda o superación personal de postal turística; estamos ante un descenso a porrazos, profundamente humano y descarnado, hacia la dignidad, donde el guion y las actuaciones operan con la precisión emocional de un blues bajado de tono que resuena en la madrugada.

EL DUELO DE LOS CONDENADOS: DALTON Y EDWARDS AL BORDE DEL ABISMO

Lejos de la seguridad inalcanzable, la perfección física y el porte aristocrático de James Bond por el que el mundo ya lo conocía, Dalton compone aquí a un hombre profundamente herido, acorralado y desgastado por su propio cuerpo que se niega a apagarse en una cama de clínica, el actor dota a su personaje de una fragilidad contenida y una amargura sutil que desarma por completo al espectador escena tras escena, su contrapunto exacto y necesario es Anthony Edwards, en un papel más intimo lejos del taquillazo del año anterior, Top Gun (1987), quien inyecta en la trama una energía nerviosa, casi frenética, un pánico juvenil y visceral que se niega a aceptar el silencio de la muerte, juntos construyen una química palpable, áspera y entrañable que bebe directamente de la melancolía errante de obras maestras como El pescador de ilusiones (aquella noción agridulce de que la locura o la excentricidad temporal es un lujo necesario que las almas heridas no se pueden permitir), transformando su huida desesperada en un acto de fe absoluto y desesperado contra la parca.

LA SENSUALIDAD TORPE DE JANET MCTEER

Si el núcleo emocional de la película late con una fuerza descomunal gracias a sus protagonistas, el desborde magnético, impredecible y visceral llega de la mano de una pletórica Janet McTeer, mucho antes de consolidarse internacionalmente por su versatilidad incombustible y desde que se anunciara su flamante fichaje para encarnar a la nueva e imponente profesora McGonagall en el universo televisivo de la saga Harry Potter, McTeer regaló en Hawks una de las interpretaciones femeninas más arrebatadoras y libres de los años ochenta, la actriz dota a su personaje de una sensualidad torpe, completamente desprovista de cualquier artificio de estrella de Hollywood o glamour prefabricado; es una fuerza de la naturaleza caótica, profundamente real, que choca de frente con la vulnerabilidad contenida de los protagonistas masculinos como un vendaval incontrolable dentro de una habitación cerrada.

El motor de este transatlántico sentimental y trágico recae directamente sobre los hombros de un dueto actoral tan improbable en el papel como magnético e inolvidable en la pantalla: Timothy Dalton y Anthony Edwards.

LA FOTOGRAFIA Y LA PINTURA VAN DE LA MANO

Visualmente, además, la película esconde un tesoro subterráneo que pocas veces se valora en su justa medida, la dirección de fotografía, hecha por el gran Douglas Milsome (Robin Hood y Full Metal Jacket) subvierte con inteligencia el realismo comercial de la época para evocar de manera sutil pero evidente la atmósfera pictórica de los maestros flamencos clásicos, es imposible no percibir una clara y bellísima influencia de la luz y el tratamiento de los espacios íntimos propia de Vermeer con timidez por las ventanas de los hoteles de baja categoría y pasillos grises, combinada magistralmente con el bullicio terrenal, imperfecto y desordenado de Bruegel cuando la trama pisa finalmente las calles, los bares de mala muerte y los burdeles europeos. En esos escenarios, los cuerpos sudorosos, la muchedumbre abigarrada y el descontrol general celebran la efímera vida mediante el caos más puro.

En conclusión, Hawks (1988) sobrevive en el tiempo como un recordatorio salvaje y necesario de que el cine comercial de antes solía permitirse el lujo de respirar, dudar y equivocarse antes de exhalar su último aliento, respaldada por un guion afilado que esquiva con elegancia cualquier tentación de caer en el melodrama almibarado de sobremesa, composiciones visuales de estirpe estrictamente clásica y un reparto superlativo que lo da absolutamente todo en pantalla, esta obra se alza por derecho propio como una pieza de culto indispensable que desafía el olvido.

VEREDICTO
4.5
Una obra maestra crepuscular, áspera y profundamente humana sobre el legítimo derecho de cada individuo a elegir cómo quemar el último cartucho.
Alejandro Diaz Retamal
Director - guionista