El arlequin gigante
El año 1986 fue un periodo donde el mundo parecía vibrar bajo una tensión constante, una mezcla entre el asombro tecnológico y la fragilidad humana.
Enero había quedado marcado a fuego en la memoria colectiva con la tragedia del transbordador espacial Challenger, esa imagen que vimos una y otra vez en las pantallas de televisión donde una estela de humo blanco se bifurcaba en el cielo tan solo unos pocos segundos después del despegue, recordándonos lo vulnerables que éramos justo cuando creíamos dominar el cosmos, luego unos meses más tarde, la noticia de la catástrofe nuclear de Chernóbil terminaba de instalar en el ambiente una sensación de que las cosas gigantescas y complejas podían salirse de control en cualquier momento.
Pero cuando se tiene la edad suficiente para jugar en la vereda con los amigos y correr detrás de una pelota de cuero gastada, la geopolítica y los dramas espaciales son solo un ruido de fondo en el noticiero de la noche y para un niño en 1986, el universo medía lo que medía la cuadra del barrio y los eventos históricos no ocurrían en la NASA, sino más bien en la esquina de la calle.
Fue en una de esas tardes de ese mismo año cuando presencié mi propio evento colosal.
El sol comenzaba a caer y la calle estaba llena de la rutina habitual de barrio, el sonido de las bicicletas, vecinos regando el antejardín y nosotros inventando reglas para un juego que nunca terminaba, de pronto, el murmullo de la tarde se apagó, doblando la esquina a un paso lento, firme y casi solemne, apareció una figura que congeló la dinámica del grupo.
Acompañando a un sujeto que caminaba con absoluta indiferencia, venía un perro, pero la palabra «perro» le quedaba chica, ridículamente insuficiente, porque era un animal de raza dálmata, con su pelaje blanco brillante cubierto de manchas negras perfectamente definidas, pero con una desproporción física irreal, en mi retina y en mi percepción de ese instante, aquel animal tenía la altura, el porte y la envergadura de un caballo.
Lo más impactante de la escena no era únicamente el tamaño descomunal del animal, sino la absoluta normalidad con la que su dueño llevaba la correa, lo paseaba como quien lleva a un caniche a estirar las patas, ignorando el impacto tectónico que provocaba a su paso, el hombre le llamaba «Arlequín», recuerdo que mis amigos y yo nos quedamos paralizados en la vereda, sosteniendo el balón en silencio, viendo cómo esa mole que se erigía como una de las maravillas del mundo antiguo, avanzaba a paso cansino, marcando el pavimento con unas patas que parecían pezuñas, hasta perderse al final de la calle, durante minutos nadie dijo nada; el tiempo pareció detenerse tal como cuando nos enteramos de la caída del Challenger.
Muchos años después, con el desarrollo del pensamiento lógico y la acumulación de datos de la vida adulta, la explicación racional llegó para desmontar el mito, entendí que la memoria infantil es un lente con exceso de aumento, que las proporciones se distorsionan cuando se mira el mundo desde un metro de altura y que, con toda seguridad, lo que cruzó por mi barrio esa tarde de 1986 fue un Gran Danés de variante arlequín. Las piezas encajaban, la estatura del perro, el patrón de manchas similar al del dálmata y la ignorancia de un niño que no conocía las diferencias entre razas molosas.
Sin embargo, a pesar de que la biología y la razón tienen toda la lógica a su favor, nada logrará borrar la magnitud de lo que vi esa tarde, para el niño que fui en 1986, el mundo no se regía por la zoología, sino por el asombro, la ciencia podrá decir que era un Gran Danés, pero en mi archivo personal de recuerdos, esa tarde vi caminar a un gigante por la calle de mi barrio y a veces, prefiero conservar intacto el tamaño de la leyenda.