Eco en la montaña del miedo.
Hay madrugadas donde el universo parece conceder una tregua silenciosa, nos gustaba buscar esos refugios en las alturas, lejos del bullicio urbano, de las fiestas pretenciosas y de los eventos donde la gente suele ir a ser vista. Para nosotros, el panorama perfecto era simple, la orilla de una carretera cordillerana, el auto detenido con el motor apagado y la bóveda celeste desplegada sobre nuestras cabezas como un manto de piedad nocturna.
A lo lejos, abajo en la quebrada, los destellos de las grandes casonas de alta alcurnia apenas interrumpían la penumbra, se alcanzaba a percibir un murmullo distante, un eco amortiguado de música festiva que flotaba en el aire frío, recordándonos la brecha entre esa opulencia distante y nuestra humilde serenidad. Mi esposa disfrutaba despacio de una cerveza helada; yo encendía mi pipa, dejando que las hebras de un tabaco dulce aromatizaran el habitáculo del vehículo, el contraste era perfecto, el calor de la cazoleta entre mis dedos, la paz de la cordillera y la inmensidad galáctica observándonos en silencio.
Entonces, la armonía del entorno sufrió una fisura, un crujido seco resonó en la oscuridad de la carretera, no era el viento moviendo las ramas ni el crujir térmico del asfalto enfriándose, era un sonido con peso, con intención, miramos por los espejos y hacia el frente, la oscuridad era absoluta, cortada únicamente por la débil luz de posición de nuestro auto, no había luces de otros vehículos, ni transeúntes, ni sombras perceptibles. En ese aislamiento total, emergió un lamento.
Al principio intentamos racionalizarlo, la mente humana tiende a aferrarse a la lógica para protegerse del espanto, pensamos en un animal atrapado, en la distorsión del viento entre las rocas o en el eco lejano de la fiesta en la ladera, hicimos caso omiso, forzándonos a seguir disfrutando del tabaco y la noche, pero el aire se volvió denso, extrañamente pesado.
El llanto cambió de frecuencia, ya no sonaba distante ni amorfo; sonaba desolador, humano y agudo, cortando la parsimonia sonora del sector con una nitidez escalofriante. Lo peor, no venía de un punto fijo, sino que parecía aproximarse a paso firme desde la sombra misma de la ladera.
Nos congelamos en el sitio, dejé caer la pipa un par de centímetros sobre mis piernas y el trago de mi esposa se detuvo a medio camino, prestamos atención, aguzando el oído hacia esa nada espectral.
Fue entonces cuando la oscuridad articuló palabras. Un grito desgarrador, cavernoso y lleno de un dolor añejo retumbó a pocos metros del auto:
—¡¡Mis hijooooss!!
No hizo falta cruzar miradas ni ponernos a filosofar sobre mitos o supersticiones, no hacía falta ser crédulo para entender la inminencia del peligro; bastaba con sentir cómo los vellos de los brazos se erizaban y cómo el instinto primario tomaba el control absoluto de las manos.
Giré la llave de contacto, el motor rugió como una bestia despertada sobresaltada, engrané la primera marcha con la torpeza propia de la adrenalina y encendí las luces altas, durante una fracción de segundo, los faros cortaron la penumbra de la carretera. No vimos a nadie de pie, pero en el borde del camino, justo donde la luz empezaba a perderse en el precipicio, la polvareda parecía arremolinarse violentamente, como si algo o alguien se hubiera desplazado a una velocidad imposible.
Aceleré a fondo, las llantas chillaron contra el pavimento suelto mientras dejamos atrás ese rincón de la montaña, durante varios kilómetros nadie dijo una sola palabra; el único sonido era el respirar agitado de ambos y el ronroneo del motor a altas revoluciones.
Con el tiempo, hemos vuelto a mirar las estrellas en otras madrugadas tranquilas, pero la perspectiva cambió para siempre, aprendimos que la noche en la montaña guarda capas de realidad que no nos pertenecen, y que la frontera entre el refugio apacible y la pesadilla es tan fina como un lamento flotando en la oscuridad.