Las brujas de Salem (The Crucible) 1996
Cuando el barro y la paranoia van de la mano
Arthur Miller conocía perfectamente el olor a azufre de una caza de brujas moderna, cuando el dramaturgo escribió The Crucible en 1953, los juicios del Comité de Actividades Antiamericanas del senador Joseph McCarthy le pisaban los talones a todo artista con un ápice de librepensamiento en Washington y Nueva York. Cuarenta y tres años después, Miller no quiso dejar su obra maestra en manos de directores de estudio propensos al adorno fácil; tomó la pluma y firmó él mismo la adaptación cinematográfica de 1996 dirigida por Nicholas Hytner. ¿El objetivo? Rescatar su alegoría atemporal sobre el histerismo de masas y arrojarla violentamente a la cara de una era noventera que se creía demasiado ilustrada para repetir los salvajismos del pasado.
Por qué el desgarrador viaje de Arthur Miller a la hoguera de Salem demuestra que el verdadero terror no viste de negro, sino de fanatismo de pueblo chico.
PUEBLO CHICO, INFIERNO GRANDE
Olvídate del Hollywood de vestuarios impecables y teatros de posado aristocrático, la puesta en escena de Hytner y la fotografía de Peter James transforman Salem en una trampa claustrofóbica de frío, humedad y fango, donde los espacios son oscuros, las maderas crujen y el aire se siente físicamente viciado por el dogmatismo religioso. No hay refinamiento aquí; hay campesinos sudorosos, biblias manchadas de tierra y una atmósfera asfixiante donde el chisme más nimio se convierte en una sentencia de muerte.
Nadie en Hollywood escribe la hipocresía humana con la rabia sagrada y el fango helado con que Miller destripa a Salem.
El libreto de Miller destaca por una economía dramática feroz, limpia el texto teatral sin extirpar su veneno verbal, acelerando el ritmo hasta convertir la trama en un thriller judicial puritano donde la paranoia colectiva se propaga más rápido que la peste.
UN REPARTO EN ESTADO DE GRACIA
Para encender semejante pira, se necesitaba un elenco dispuesto a consumirse en pantalla, y Hollywood entregó sus mejores armas; Winona Ryder (Abigail Williams) ofrece una de las interpretaciones más desquiciadas y fascinantes de su carrera, despliega una ferocidad magnética donde el despecho amoroso muta en veneno ideológico, su mirada no es la de una víctima, sino la de una sociópata en potencia que descubre que puede someter a toda una junta de ancianos santurrones fingiendo ver al demonio en las vigas del techo.
Frente a ella, Daniel Day-Lewis (John Proctor) se erige como un coloso roto. El actor de método canaliza una rabia contenida desgarradora; su Proctor no es un héroe de yeso, sino un hombre imperfecto que prefiere encarar la horca antes que entregar su nombre a la mentira institucionalizada, la química abrasadora entre ambos eleva la tensión a niveles insostenibles.
EL ESCUADRÓN MORAL DE SALEM
La contraparte emocional descansa en Joan Allen (Elizabeth Proctor), quien entrega un recital de contención y dignidad, con una mirada desprovista de artificio, Allen retrata a una mujer de fe reprimida cuyo perdón silencioso hacia su esposo resuena con la fuerza de un trueno.
Y hay que dar una mención honrosa a Rob Campbell como el Reverendo Hale, su evolución en pantalla es el verdadero termómetro moral del filme, pasando de ser un arrogante sabueso teológico a un hombre destruido en cuerpo y alma al comprender que los únicos demonios en Salem llevan sotana.
En un mercado de taquilla dominado por el entretenimiento escapista de pura adrenalina barata, donde tanques de acción como Con Air arrasaban con la taquilla masiva de la época, The Crucible demostró que el drama adulto y de prestigio podía plantarle cara al ruido comercial, mientras las bombas de Nicolas Cage reventaban las salas de palomitas, el boca a boca de la cinta de Hytner mantuvo a las salas llenas de espectadores hambrientos de historias con verdadero peso atómico y agallas interpretativas.
Director - guionista