El ataúd de concreto en el -4
Hay lugares que no están hechos para los humanos, sino solo para los autos, el nivel -4 de un estacionamiento subterráneo es uno de ellos.
Resulta que fui invitado a una ceremonia en el “SIDARTE” para presenciar la firma de un convenio sobre la protección de los derechos de los actores en materia de publicidad. Una cita institucional, corriente, con el ruido habitual del gremio. Busqué en Google Maps un lugar para dejar el auto y, por coincidencia, encontré un estacionamiento subterráneo en la calle Bellavista, justo al lado de la Universidad San Sebastián.
Al llegar, la rampa de entrada no parecía una simple obra de ingeniería vial; era un descenso con una inclinación tan pronunciada que daba la impresión de ser un tobogán directo al infierno. El motor rugía reteniendo el peso del auto mientras nos hundíamos en la penumbra, piso tras piso, hasta tocar fondo en el nivel -4.
Al apagar el motor y bajar del vehículo, la realidad pareció fracturarse. El entorno era desolado, una bóveda infinita de hormigón armado que se sentía como un ataúd gigante diseñado no para guardar cuerpos, sino para sepultar toneladas de metal en desuso. El aire allí abajo no se respiraba, se masticaba; denso, frío, impregnado de una mezcla rancia de dióxido de carbono y humedad estancada, a lo lejos, el eco devolvía ruidos metálicos y secos, chasquidos que retumban no como el crujido del edificio, sino como frecuencias filtradas desde el otro lado de un portal inaccesible.
Ahí abajo no había nadie, en teoría, pero en la lógica pura y cartesiana, lo peor que te puede pasar en un parking es perder la noción de en qué columna estacionaste. Pero la mente no funciona bajo las leyes del sentido común cuando la atmósfera se siente profundamente mal, la soledad no era vacía; era la presencia de algo acechando en las sombras de los muros fronterizos.
Encontré un ascensor y subí al primer piso buscando la salida peatonal, pero al salir de la cabina, la puerta exterior hacia la calle estaba herméticamente trancada. El pánico empezó a bombear un pulso sordo en mis oídos. Decidí devolverme al nivel -4 para buscar alguna escalera de emergencia o una rampa de salida, pero al abrirse las puertas de metal, la arquitectura misma parecía haber mutado, las columnas parecían haberse desplazado de ángulo, las líneas pintadas en el suelo apuntaban hacia la nada y el mapa mental que había trazado cinco minutos antes ya no me servía de nada, era como si el edificio estuviera vivo, re-configurándose para impedir mi retorno a la superficie.
En medio de ese desconcierto sepulcral, donde los segundos pesaban como horas, apareció de la nada una figura humana, una presencia casi espectral en ese desierto de concreto que, sin mostrar mayor alteración, me dijo algo que desafiaba toda lógica.
«La salida está en el mismo ascensor por el que llegaste».
¿Cómo podía ser? Yo ya había estado ahí, no había puerta, no había luz al final del túnel, sin embargo, acorralado por el encierro, volví a entrar a la caja metálica, escéptico y repitiendo el procedimiento con una precisión matemática casi desquiciada, ascensor, primer piso, respirar lento, buscar detenidamente.
Y entonces lo vi, detrás de una enorme columna de carga, oculto en una esquina ciega que la vista omite por completo si estás bajo el dominio del pánico, había un maldito botón de apertura, presioné la placa, el mecanismo electromagnético cedió con un golpe seco y la puerta se abrió de par en par.
De golpe, quedé de pie en mitad de la calle Pío Nono, el choque sensorial fue violento, la luz chillona de Santiago, el olor a comida rápida, el rugido de las micros y el murmullo de la gente pasando a mi lado como si nada hubiera ocurrido, fue como despertar de un sueño febril para caer de lleno en la vigilia.
A veces la vida misma opera bajo esta misma arquitectura perversa, te encierra en bucles absurdos, en túneles mentales donde sientes que las paredes se estrechan y que el entorno ha cambiado para dejarte atrapado.
Nos desesperamos dando vueltas en círculos dentro de nuestros propios niveles -4, ignorando que la salida siempre estuvo ahí, a un metro de distancia, oculta tras un detalle ridículo que solo logramos ver cuando dejamos de correr a ciegas.
No me pregunten exactamente cómo lo hice para salir de ahí aquella tarde, porque hasta el día de hoy sigo sin entenderlo del todo.